Susurros de dolor: cómo identificar en los animales que acompañamos

Susurros de dolor: cómo aprender a reconocer el dolor en nuestros perros

El dolor no siempre grita.

En ocasiones aparece de forma evidente: una cojera repentina, un quejido, una reacción al tocar una zona concreta o la imposibilidad de realizar un movimiento que antes hacía con normalidad. Pero otras veces el dolor se esconde detrás de cambios mucho más pequeños y fáciles de pasar por alto.

Nuestro perro puede seguir comiendo, jugando, saliendo a pasear e incluso buscando interacción mientras siente dolor. Por eso, aprender a reconocerlo no consiste únicamente en conocer una lista de síntomas, sino en aprender a observar a nuestro compañero y detectar cuándo algo ha cambiado.

Las guías veterinarias actuales señalan precisamente la importancia de observar el comportamiento, la postura, la marcha y las actividades cotidianas, especialmente porque el dolor crónico puede manifestarse mediante cambios progresivos y sutiles.

Conocer cómo es nuestro perro cuando está bien

Esta es probablemente una de las herramientas más importantes que tenemos como familia.

Para detectar que algo no va bien necesitamos saber qué es normal para nuestro compañero.

Cómo se levanta por la mañana. Cómo se tumba. Cómo sube al sofá. Cómo baja las escaleras. Cómo juega. Cómo descansa. Cómo se relaciona con nosotros y con otros animales. Cuánto tarda en recuperarse después de un paseo. Qué postura adopta para dormir. Qué cosas le gusta hacer y cuáles evita.

Cuando conocemos esos pequeños detalles, cualquier cambio puede convertirse en una pista.

No significa que cada modificación sea necesariamente dolor. Un perro puede estar cansado, estresado, tener miedo, encontrarse mal por otras razones o simplemente atravesar un cambio en sus preferencias. Pero un cambio persistente o acompañado de otras señales merece nuestra atención.

El dolor también cambia el comportamiento

Uno de los errores más habituales es pensar que el dolor siempre provoca una reacción evidente.

No es así.

Un perro con dolor puede volverse más tranquilo, menos activo o más distante. También puede suceder lo contrario: mostrarse más inquieto, buscar constantemente nuestra presencia, irritarse con mayor facilidad o reaccionar de manera diferente ante situaciones que antes toleraba.

Puede dejar de buscar determinados contactos, evitar que lo manipulemos o incluso reaccionar cuando intentamos tocar una zona que le resulta dolorosa.

Los cambios de comportamiento son uno de los principales indicadores que debemos observar, especialmente cuando aparecen de forma nueva y no encontramos otra explicación evidente.

Por eso, antes de pensar que nuestro perro se ha vuelto más gruñón, más vago, más independiente o más demandante, merece la pena preguntarnos si existe alguna causa física detrás de ese cambio.

Comer menos también puede ser una señal

La pérdida de apetito puede aparecer asociada a diferentes problemas y no significa automáticamente que exista dolor.

Sin embargo, una modificación repentina de la conducta alimentaria puede ser una pista que no debemos ignorar.

En algunos casos, comer puede resultar incómodo por problemas dentales o en la cavidad oral. En otros, el dolor puede estar asociado a procesos gastrointestinales, musculoesqueléticos o a enfermedades que producen malestar general. También puede existir dificultad para agacharse hasta el comedero o para mantener una determinada postura.

Por eso, más que quedarnos únicamente con la cantidad de comida que ingiere, debemos observar cómo come.

¿Mastica de forma diferente?

¿Deja caer alimento?

¿Evita determinados alimentos?

¿Come más despacio?

¿Parece incómodo al bajar la cabeza?

¿Ha cambiado repentinamente su apetito?

Los cambios en la alimentación pueden formar parte de la información que necesita nuestro veterinario para valorar qué está ocurriendo.

Comer hierba: una conducta que no debemos interpretar automáticamente

Comer hierba es un buen ejemplo de por qué observar una conducta aislada no basta para diagnosticar nada.

Algunos perros comen hierba de manera ocasional y no presentan ningún problema. Otros pueden hacerlo con mayor frecuencia en determinados contextos, por exploración, por conducta alimentaria o en asociación con malestar gastrointestinal.

Por eso, comer hierba no debería interpretarse directamente como “mi perro tiene dolor”.

Lo interesante está en observar el contexto.

Si nuestro perro comienza a comer hierba de forma repentina y repetitiva, especialmente si además aparecen vómitos, diarrea, inapetencia, inquietud, cambios en el comportamiento o signos de malestar, esa combinación sí merece atención.

La clave vuelve a ser la misma: no interpretar una conducta de manera aislada, sino observar qué ha cambiado y qué otras señales aparecen alrededor.

El movimiento habla

La forma de moverse puede ofrecernos muchísima información.

Un perro con dolor puede:

  • Caminar de forma diferente.
  • Mostrar rigidez al levantarse.
  • Evitar correr o jugar.
  • Dejar de subir o bajar escaleras.
  • No querer saltar al sofá o al coche.
  • Evitar determinados movimientos.
  • Apoyar menos una extremidad.
  • Cambiar su forma de sentarse.
  • Tardar más en levantarse después de descansar.
  • Necesitar más tiempo para recuperarse después de una actividad.

A veces incluso podemos observar que realiza un movimiento de una manera determinada para evitar una zona concreta.

Las guías de valoración del dolor recomiendan precisamente observar al perro en reposo, de pie, caminando y realizando actividades funcionales como subir escalones, porque estos cambios pueden proporcionar información que no siempre aparece durante una exploración puntual.

También debemos mirar cómo descansa

El descanso puede convertirse en otro de esos susurros.

Un perro con molestias puede tener dificultades para encontrar una postura cómoda, cambiar de posición repetidamente, levantarse y volver a tumbarse o mostrarse inquieto durante momentos en los que normalmente descansaría.

Otros perros hacen justo lo contrario: duermen más, se muestran apagados o reducen considerablemente su actividad.

También puede cambiar la forma de tumbarse. Una postura que antes no utilizaba, una manera diferente de incorporarse o la necesidad de colocar una extremidad de determinada forma pueden ser pequeñas pistas.

No debemos olvidar que el descanso es una conducta especialmente útil para observar porque se produce en un contexto cotidiano y con menos estímulos externos.

El dolor puede modificar la relación con otros individuos

Uno de los cambios que más puede desconcertarnos es que nuestro perro deje de comportarse con nosotros como lo hacía anteriormente.

Puede buscar menos contacto.

Puede no querer que lo abracemos.

Puede levantarse cuando intentamos tocarlo.

Puede mostrarse irritable durante determinadas manipulaciones.

Puede buscar más nuestra presencia.

Puede reclamar atención de una manera diferente.

Incluso puede aparecer una reacción defensiva que antes no existía.

Esto no significa que cualquier cambio en el vínculo sea consecuencia del dolor. Pero cuando una conducta aparece de forma repentina, especialmente asociada a determinadas manipulaciones o movimientos, debemos considerar que puede existir una causa física.

No deberíamos castigar una reacción que podría estar comunicándonos que algo duele.

Las guías de dolor de AAHA señalan que cambios como retraimiento, irritabilidad, miedo, agresividad o una modificación de la interacción social pueden aparecer cuando existe dolor.

Lamido, acicalamiento y atención excesiva a una zona

Cuando algo molesta, algunos perros prestan una atención especial a esa zona.

Puede aparecer un lamido repetitivo, mordisqueo, rascado o manipulación constante.

Pero también puede ocurrir lo contrario: un perro que deja de acicalarse o que evita determinadas zonas porque moverlas o alcanzarlas resulta incómodo.

Por eso, tanto el exceso como la disminución del acicalamiento pueden ser relevantes dependiendo del individuo y del contexto.

Esto es especialmente importante cuando observamos que nuestro perro insiste siempre sobre una misma zona.

No debemos asumir automáticamente que se trata de una cuestión conductual. Puede existir una lesión, inflamación, dolor, irritación o cualquier otra causa física que necesite ser investigada.

La respiración también puede cambiar

El jadeo no siempre significa calor.

Un perro puede jadear después de realizar ejercicio o cuando hace mucho calor, pero un jadeo fuera de contexto puede ser una señal de malestar, estrés o dolor.

Si observamos respiración diferente a la habitual, jadeo intenso sin una causa evidente o dificultad respiratoria, especialmente si aparece junto a otros signos, debemos prestar atención y buscar valoración veterinaria.

La dificultad respiratoria requiere especial rapidez porque puede estar relacionada con problemas potencialmente graves.

¿Y cuando nuestro perro sigue jugando?

Este es uno de los grandes engaños.

“Pero si está jugando, no puede tener dolor”.

Sí puede.

Que un perro continúe realizando una actividad no demuestra que esté libre de dolor. Algunos individuos mantienen comportamientos que les resultan muy motivadores pese a sentir molestias.

Por eso resulta tan interesante observar también lo que sucede después.

¿Se recupera como siempre?

¿Está más rígido después?

¿Duerme mucho más?

¿Evita moverse durante las horas siguientes?

¿Al día siguiente tiene menos ganas de salir?

¿Necesita más tiempo para volver a su comportamiento habitual?

La comparación entre actividad y recuperación puede proporcionarnos información muy valiosa.

El dolor crónico es especialmente silencioso

El dolor agudo suele resultar más sencillo de identificar porque existe un cambio claro: una lesión, una intervención, una caída o un episodio concreto.

El dolor crónico puede ser mucho más difícil.

Aparece progresivamente y nuestro perro puede adaptarse a él. Nosotros también.

Deja de subir al sofá y pensamos que se ha vuelto más tranquilo.

Ya no corre detrás de la pelota y pensamos que se ha hecho mayor.

Tarda más en levantarse y pensamos que es la edad.

Ya no quiere hacer determinadas rutas y pensamos que simplemente está cansado.

Pero el envejecimiento no debería utilizarse como explicación automática para cualquier cambio.

Las guías de AAHA advierten precisamente de que los cambios asociados al dolor crónico pueden confundirse con el envejecimiento normal y que los propietarios pueden tardar meses en reconocerlos.

En ocasiones no hemos visto aparecer un problema: simplemente nos hemos acostumbrado a él.

Grabar también puede ayudar

Nuestro perro no se comporta necesariamente igual en casa que en una consulta veterinaria.

El estrés, el entorno y la propia situación clínica pueden modificar su comportamiento.

Por eso, cuando observamos algo extraño, puede resultar muy útil grabarlo.

Un vídeo caminando por casa, subiendo unas escaleras, levantándose de su cama o realizando una actividad que haya empezado a hacer de manera diferente puede proporcionar información muy valiosa al profesional que lo valore.

Las propias guías veterinarias recomiendan utilizar vídeos y fotografías para facilitar la conversación sobre cambios relacionados con el dolor.

El dolor no se diagnostica desde Instagram

Observar es nuestra responsabilidad.

Diagnosticar no.

Una conducta aislada no permite saber si un perro tiene dolor ni cuál es su causa. Una cojera puede tener muchos orígenes. Un cambio de comportamiento puede responder a dolor, miedo, estrés, enfermedad o a otras circunstancias. Comer hierba puede ser una conducta completamente normal en algunos individuos y acompañar a un problema digestivo en otros.

Por eso, nuestro papel como familia es conocer a nuestro compañero, detectar cambios y transmitir esa información al equipo veterinario.

Y cuanto más precisa sea esa información, mejor.

Qué ocurrió.

Cuándo empezó.

Qué estaba haciendo.

Qué movimientos evita.

Qué ha dejado de hacer.

Cómo descansa.

Cómo come.

Cómo se relaciona.

Qué sucede después del ejercicio.

Todo ello forma parte de la historia clínica.

Acompañar el dolor es mucho más que eliminar un síntoma

Cuando existe dolor, el objetivo no debería ser simplemente conseguir que nuestro perro deje de mostrar una conducta.

Necesitamos conocer su origen y establecer un abordaje adecuado.

Dependiendo de la causa, pueden formar parte del manejo diferentes herramientas: tratamiento farmacológico, modificaciones del entorno, control del peso, ejercicio adaptado, fisioterapia y rehabilitación, descanso adecuado, enriquecimiento, nutrición y determinados complementos o suplementos como apoyo.

Pero ninguna de estas herramientas debería utilizarse para retrasar una valoración veterinaria cuando existe sospecha de dolor.

Los suplementos no sustituyen a los analgésicos cuando estos están indicados. La fisioterapia no sustituye un diagnóstico. Y adaptar el entorno no significa que debamos aceptar que nuestro perro viva con una molestia que podría tratarse.

Escuchar también es cuidar

Quizá por eso nos gusta tanto hablar de susurros.

Porque muchas veces nuestros perros no nos dicen que algo duele de una manera que nosotros reconocemos inmediatamente.

Nos lo cuentan cambiando ligeramente su forma de caminar.

Durmiendo de otra manera.

Dejando de subir a un lugar.

Comiendo diferente.

Lamiéndose una zona.

Buscando más contacto.

Evitándolo.

Estando más inquietos.

Estando más apagados.

Comiendo hierba en un contexto que antes no existía.

Dejando de disfrutar de algo que antes les encantaba.

Ninguno de estos comportamientos es, por sí mismo, una sentencia diagnóstica.

Pero todos pueden formar parte de una conversación.

La mejor herramienta que tenemos es conocer a nuestro compañero lo suficiente como para detectar cuándo algo ha cambiado y tener la sensibilidad necesaria para no normalizarlo.

Porque a veces el dolor no grita.

A veces solo susurra.

Y aprender a escucharlo también forma parte de acompañar.

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