La prevención de la salud de un perro no debería reducirse a recordar dos fechas en el calendario: la vacuna y la desparasitación.
La salud preventiva es mucho más amplia.
Consiste en observar al individuo, conocer sus riesgos, realizar controles cuando están indicados y revisar periódicamente si las decisiones que estamos tomando siguen teniendo sentido.
Un buen protocolo preventivo comienza por conocer al perro.
Su edad, estilo de vida, alimentación, entorno, actividad, viajes, convivencia con otros animales, antecedentes y características individuales pueden modificar sus necesidades.
A partir de ahí podemos valorar diferentes herramientas.
La vacunación constituye una parte fundamental de la prevención frente a determinadas enfermedades infecciosas. Las pruebas serológicas, como Vaccicheck, pueden aportar información adicional sobre la presencia de anticuerpos frente a determinadas enfermedades y ayudar a individualizar algunas decisiones.
En cuanto a las enfermedades transmitidas por vectores, pruebas como 4Dx pueden resultar útiles dentro de determinados protocolos para detectar exposición o infección frente a diferentes agentes.
Y cuando hablamos de parásitos intestinales, los análisis coprológicos pueden aportar información sobre la presencia de determinadas estructuras parasitarias. En algunos casos, utilizar muestras seriadas puede aumentar la capacidad de detección.
Pero la prevención no termina en el laboratorio.
La observación diaria es probablemente una de las herramientas más importantes que tenemos.
Cambios en el apetito, peso, actividad, movilidad, comportamiento, sueño, consumo de agua, deposiciones o interacción pueden ser señales que merezcan nuestra atención.
También debemos conocer el entorno.
La presencia de garrapatas, mosquitos, pulgas, determinados parásitos ambientales o riesgos estacionales puede modificar las medidas preventivas necesarias.
Y aquí aparece un concepto fundamental: individualización.
No todos los perros necesitan exactamente las mismas pruebas, los mismos tratamientos ni la misma frecuencia de controles.
Un protocolo preventivo debería poder cambiar con el tiempo.
Un cachorro no tiene las mismas necesidades que un perro geriátrico. Un perro que viaja habitualmente no presenta el mismo nivel de exposición que uno que apenas sale de su entorno habitual. Y un animal con una enfermedad previa puede necesitar controles diferentes a los de un individuo sano.
La prevención tampoco consiste en hacer todas las pruebas posibles.
Hacer más no significa necesariamente prevenir mejor.
Cada prueba debería responder a una pregunta concreta.
¿Qué queremos saber?
¿Qué riesgo estamos valorando?
¿Qué cambiaríamos en función del resultado?
Estas preguntas son especialmente importantes porque nos ayudan a evitar tanto la intervención innecesaria como la falsa sensación de seguridad.
Promovamos una prevención consciente: conocer a nuestro compi, conocer su entorno, observar sus cambios y utilizar las herramientas disponibles cuando pueden aportar información útil.
No se trata de vivir preocupados por todo lo que podría ocurrir.
Se trata de tener información suficiente para poder actuar cuando realmente hace falta.
Porque la prevención no es hacer más por nuestros perros.
Es conocerlos mejor para cuidar mejor.
