Veganismo y perros y gatos: más allá de la dieta

Cada vez más familias se plantean cómo hacer compatible su forma de entender el mundo con la alimentación de los animales con los que conviven.

Sin embargo, hablar de veganismo en animales suele generar inmediatamente una pregunta: ¿puede un perro o un gato llevar una alimentación vegana?

Pero quizá esa no sea la primera pregunta que deberíamos hacernos.

Porque existe una confusión de base que aparece constantemente en esta conversación: veganismo y alimentación vegana no son sinónimos.

El veganismo es una posición ética que busca evitar, en la medida de lo posible y practicable, la explotación y utilización de los animales. La alimentación basada exclusivamente en plantas es una de sus expresiones, pero no agota todo lo que significa ser vegano.

Por eso, hablar de veganismo únicamente desde el contenido del comedero deja fuera una parte enorme de la conversación.

Compartir nuestra vida con animales también implica una responsabilidad ética

Cuando convivimos con un perro o un gato tomamos decisiones constantemente sobre su vida.

Qué come.

Dónde vive.

Cuánto puede explorar.

Qué productos utilizamos.

Qué prácticas veterinarias aceptamos.

Qué tipo de reproducción apoyamos o rechazamos.

Qué compramos.

Qué actividades realizamos.

Qué necesidades cubrimos y cuáles ignoramos.

Por eso, plantearnos una convivencia más respetuosa con los animales no puede reducirse a cambiar un ingrediente por otro.

También implica preguntarnos qué necesitan realmente los animales con los que compartimos nuestra vida.

Y aquí aparece la biología.

Los perros son carnívoros facultativos

Los perros pertenecen al orden Carnivora, pero su fisiología y su historia evolutiva les han permitido adaptarse a una alimentación mucho más flexible que la de los gatos.

Desde el punto de vista nutricional, actualmente se considera que los perros pueden utilizar de manera eficiente nutrientes procedentes de diferentes fuentes y presentan adaptaciones para aprovechar alimentos que contienen carbohidratos.

Por eso podemos hablar del perro como carnívoro facultativo o, desde determinadas clasificaciones nutricionales, como omnívoro.

Esto no significa que “pueda comer cualquier cosa”.

Significa que su fisiología le permite obtener los nutrientes necesarios a partir de una variedad más amplia de fuentes, siempre que la dieta esté correctamente formulada.

Los gatos son carnívoros estrictos

Con los gatos la situación es diferente.

Los gatos son carnívoros estrictos u obligados.

Su organismo presenta adaptaciones metabólicas que hacen que determinados nutrientes esenciales deban obtenerse mediante una alimentación que los proporcione de forma adecuada.

Entre ellos encontramos nutrientes como taurina, arginina, ácido araquidónico y las formas preformadas de vitamina A y D.

Esto no significa que un gato no pueda digerir determinados nutrientes procedentes de plantas.

Puede hacerlo.

Pero digerir un ingrediente no es lo mismo que poder cubrir las necesidades nutricionales de la especie utilizando ese ingrediente como fuente.

Esta diferencia es fundamental.

La conversación suele plantearse de manera equivocada

A menudo reducimos el debate a:

“¿Es mejor alimentar con carne o con plantas?”

Pero esa pregunta simplifica demasiado el problema.

La pregunta debería ser:

“¿Esta alimentación proporciona todos los nutrientes que necesita este animal, en las cantidades adecuadas y con una biodisponibilidad suficiente para su especie?”

Y después podemos añadir otras preguntas igualmente importantes:

¿De dónde proceden los ingredientes?

¿Cuál es su impacto ambiental?

¿Cómo se ha producido el alimento?

¿Es completa y equilibrada?

¿Está formulada específicamente para esa especie y etapa de vida?

¿Se controla nutricionalmente?

¿El individuo la tolera?

¿Existe seguimiento?

Porque una alimentación no se convierte en adecuada simplemente porque sus ingredientes sean de origen vegetal.

Una dieta vegetal no consiste en quitar la carne

Este es probablemente uno de los errores más peligrosos.

No podemos construir una alimentación completa eliminando ingredientes de origen animal y esperando que el resto se equilibre automáticamente.

Los nutrientes esenciales deben estar presentes en cantidades adecuadas y, además, deben encontrarse en formas que el organismo pueda utilizar.

En perros esto puede conseguirse mediante diferentes estrategias de formulación.

En gatos, las restricciones fisiológicas son mayores y requieren una atención todavía más específica.

Por eso, cualquier dieta que pretenda ser completa y equilibrada debe formularse teniendo en cuenta los requerimientos concretos de la especie.

¿Y qué ocurre con los alimentos comerciales veganos?

Existen alimentos comerciales formulados sin ingredientes de origen animal que están diseñados para proporcionar los nutrientes necesarios.

El hecho de que un alimento sea vegano no garantiza automáticamente que sea completo.

Pero tampoco el hecho de que contenga ingredientes de origen animal garantiza por sí mismo que sea nutricionalmente adecuado.

La etiqueta ética y la etiqueta nutricional responden a preguntas diferentes.

Una nos habla del origen y de determinados criterios de producción.

La otra debe permitirnos saber si el alimento cubre las necesidades del animal.

Necesitamos ambas conversaciones.

El caso de los gatos exige especial prudencia

Precisamente porque los gatos son carnívoros estrictos, cualquier planteamiento de alimentación vegetal requiere un nivel de formulación y control especialmente elevado.

No deberíamos improvisar una dieta casera vegetariana o vegana para un gato.

Tampoco deberíamos trasladar automáticamente una formulación diseñada para perros.

La biología de la especie es el punto de partida.

Y respetarla también forma parte de una mirada antiespecista.

El veganismo tampoco termina en el comedero

Si nuestra intención es reducir la explotación animal, existen muchas decisiones que podemos tomar en nuestra convivencia.

Podemos elegir productos que no impliquen sufrimiento innecesario.

Reducir el consumo.

Valorar el origen de los ingredientes.

Elegir materiales más sostenibles.

Evitar compras impulsivas.

Favorecer la adopción.

Rechazar prácticas de cría que priorizan determinadas características estéticas sobre la salud.

Respetar sus necesidades etológicas.

Aprender a comunicarnos con ellos.

Y cuestionar la idea de que nuestras necesidades humanas siempre deben estar por encima de las suyas.

Todo esto forma parte de la conversación ética.

No necesitamos convertir la alimentación en una guerra

Especialmente cuando hablamos de animales, nuestra responsabilidad es mayor porque ellos no pueden decidir qué ponemos en su plato.

No se trata de imponer nuestras preferencias sobre ellos.

Se trata de asumir la responsabilidad de conocer sus necesidades y tomar decisiones informadas.

Biología, ética y responsabilidad

Podemos cuestionar la explotación animal y, al mismo tiempo, respetar la biología de los animales con los que convivimos.

Podemos buscar alternativas.

Podemos investigar.

Podemos reducir nuestro impacto.

Podemos elegir productos y prácticas más coherentes con nuestros valores.

Pero también debemos recordar que nuestros compañeros no son una extensión de nuestra identidad.

Son individuos con necesidades propias.

Y quizá esa sea precisamente una de las formas más honestas de mirar el veganismo en convivencia con otros animales: no intentar que ellos sean como nosotros, sino aprender quiénes son y construir una relación que respete su naturaleza mientras buscamos reducir, en la medida de lo posible, el daño que causamos al resto de animales.

Porque el respeto por los animales también empieza por escuchar al animal que incorporamos a nuestra familia de forma unilateral y decidimos acompañar.

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